domingo, 27 de abril de 2008

PARA PENSAR

Por Antonio Gil
Peso Pluma
La Nación, Domingo 27 de abril de 2008

El veneno católico
Ya en 1963 se constituyó una comisión de 68 laicos católicos, curas, abogados, médicos y teólogos, convocados por Pablo VI para que asesoraran a la Iglesia en relación a este importante tema. El resultado: 64 votos contra cuatro aprobaron el uso de la píldora anticonceptiva.
Un embrión originado en una fecundación típica, a partir de un único óvulo y un único espermatozoide, ocasionalmente se escinde accidentalmente en dos durante las primeras fases de su desarrollo, dando origen así a una pareja de mellizos.

Siendo el alma, como sabe hasta el más tonto de los profesores de religión, indivisible y no compartible por dos seres distintos, lo que se origina durante los primeros días de la fecundación no pasa de ser un conjunto de células.

Ese hecho era ampliamente conocido por Juan Pablo I, cuya sospechosa e inesperada muerte privó al mundo católico y a la humanidad de un hombre excepcional, que habría traído una racha de viento fresco y puro a los enrarecidos salones del clericalismo.

Sabemos fehacientemente que Juan Pablo I preparaba un aggiornamiento sin precedentes en la Iglesia, lo que incluía aceptar la píldora anticonceptiva y otros métodos para controlar la natalidad.

En los planos del fasto y el boato católico, es un hecho bien conocido que, siendo patriarca de Venecia, este hombre había instruido a los encargados de templos y capillas de su diócesis para que vendieran todos los objetos, tiaras y paramentos de oro que tuvieran, y traspasaran el dinero recaudado de esas ventas al centro Don Orione para minusválidos.

Él mismo en persona puso en venta la cruz y la valiosísima cadena de oro que habían pertenecido a Pío XII y que el Papa Juan XIII le había regalado al momento de nombrarlo obispo.

Volviendo al caliente tema de la píldora, ya en 1963 se constituyó una comisión formada por 68 laicos católicos, curas, abogados, médicos y teólogos, los que fueron convocados por Pablo VI para que asesoraran a la Iglesia en relación a este importante tema. El resultado: 64 votos contra cuatro aprobaron el uso de la píldora anticonceptiva.

Los cuatro que votaron en contra, conocidos por esos días como "la banda de los cuatro", se oponían tenazmente a esta determinación, pese a no haber encontrado argumento alguno a favor de sus posturas ni en las escrituras ni en la ley natural. El Vaticano hervía, mientras millones de mujeres católicas esperaban ser liberadas del "pecado mortal" de tomar la píldora de progesterona que recién había salido a la venta.

Luciani fue quien redactó el informe de los obispos del Véneto, por ser quien mejor conocía el tema. Incluso había dictado conferencias, había pedido su parecer a connotados especialistas y, por sobre todo, había mirado con los ojos de un hombre justo y bueno los problemas de subsistencia que tenían las familias pobres, entre las que se contaba la suya propia.

En ese informe recomendó al Papa que la Iglesia Católica aprobara el uso de la píldora anticonceptiva desarrollada por el profesor Pincus. Literalmente, el futuro Papa decía en el documento: "Esta píldora debería convertirse en la píldora católica para controlar la natalidad". Paulo VI felicitó efusivamente al futuro Papa por su acucioso trabajo y lo nombró patriarca de Venecia.

No sabemos qué poderes fácticos hicieron prevalecer la negativa de la "banda de los cuatro". Lo cierto es que con el evidente asesinato de Luciani, convertido en Juan Pablo I, la Iglesia sigue atiborrándose de oro, de lujo, de distancia, y perdiendo batallones de adeptos cada día.

Con el envenenamiento de Luciani se envenena el alma de la Iglesia Católica y se instala una ideología que, inversamente a lo que intenta expresar, se transforma en una declarada enemiga de la vida humana.

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